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martes, 13 de enero de 2015

La letra escarlata es una C


Entre los múltiples foros de embarazo que voy visitando me he topado con futuras mamis que comentan su miedo a tener un parto vaginal y su preocupación por haber elegido una cesárea. Ayer mismo, una mami primeriza más compartía su decisión al haber pedido una cesárea por el miedo que le imponía el parto vaginal.


Su post tenía sentido, los foros son precisamente para eso ¿no? lugares donde personas con una situación asimiles comparten opiniones, sentimientos, emociones en común. Y más aún en un foro de embarazo donde buscamos conocer opiniones, experiencias de otras madres, consejos en un ambiente cordial. Para eso entramos a los foros ¿o no?

Lo curioso es que, en estos foros de mujeres localizadas en diferentes ubicaciones, de nacionalidades múltiples, que no se han visto jamás la cara, se crean posiciones de jerarquía tan comunes como en los círculos sociales regulares: las usuarias que siempre participan, las que lideran las opiniones, las  positivas, las que siempre se quejan, la que se enojan, la que se ponen nerviosas, y por supuesto, como iban a faltar: las bullies. Porque honestamente, el tildar con letras escarlatas en foros de opinión a aquellos que no comparten nuestras más profundas creencias, es bullying. Y ese ciberbullying es especialmente ácido cuando se toca un tema tan sensible como la elección del parto.

Lo sé porque desde los primeros meses de mi embarazo tuve bien claro cómo quería mi parto. Me informé, leí muchísimo, revise experiencias de amigas, conocidas, familiares. Mis propias experiencias personales que me hacen conocer mi cuerpo y hasta dónde soy capaz de llegar. Pero, lo guardé en secreto.

Conozco de primera mano historias de mujeres que sufrieron desgarros con recuperaciones lentas y dolorosas, bebés con complicaciones postparto por falta de una cesárea a tiempo, consecuencias del uso de fórceps. Hago una nota, no quiero verme como una fatalista, sí bien que estos son casos aislados, un mínimo dentro de las muchas historias maravillosas de partos naturales que salen bien. Pero en mi círculo cercano el histórico de partos naturales con complicaciones es alto, por lo que mi preocupación me llevó a informarme mucho antes de tomar mi decisión.

Molo, humanista, escritora, mujer alternativa había planeado el parto de su primer hijo de forma natural. Ilusionada, primeriza, no había complicaciones, el bebé estaba acomodado y listo para salir por el canal vaginal. Molo nunca se imaginó que sus nervios le jugarían la peor pasada de su vida, porque al entrar en labor de parto un pánico terrible la atacó. Entró en una crisis nerviosa incontrolable, que ni las respiraciones ni los comentarios tranquilizantes de las enfermeras apaciguaron, vomitando bilis y temblando de miedo la tuvieron que sedar completamente. Al final le tuvieron que practicar una cesárea, en un quirófano, sola y completamente dopada, no pudo experimentar el nacimiento de su primer hijo porque estaba dormida.

Alba planea un parto natural hospitalizado, tras casi un día de dolores de parto y contracciones, de sufrimiento brutal tratando de traer a su niña al mundo su médico recomendó una cesárea de emergencia porque había ya sufrimiento fetal. Al final los dolores de parto que ya se había comido no le valieron de mucho, porque fue intervenida de cualquier manera. El bebé tragó placenta y estuvo en cuidados intensivos por varias semanas, y el parto de idílico tuvo poco: preocupación, stress, lágrimas.

Gio, mujer práctica, ingeniera informática, siempre supo que no quería parir por allí abajo, nunca lo dudo. Así que desde el minuto uno lo habló abiertamente con su médico. Tuvo una cesárea planeada y respetada, donde su marido la acompañó y apoyó en todo momento, pidió a su médico música de fondo y su muñeca nació en un ambiente de música clásica, tranquilidad y amorosa expectativa. Gio lo recuerda siempre como el mejor momento de su vida.

Roberta siempre ha sido un espíritu libre, vive y predica esa libertad. Desde siempre tuvo claro que quería un parto natural, respetado y en casa. Y así lo ha hecho para sus cuatro hijos a quienes ha traído al mundo en la intimidad de su habitación, rodeada de sus otros hijos, su esposo y alguna comadrona acompañándola. Sin epidural, sin correas, sin epistomia. Respirando, consagrando su cuerpo con su mente y entregándose al milagro de la naturaleza. No ha tenido en sus cuatro partos naturales ninguna complicación y sus niños crecen sanos y felices.

Todo este rollo para ilustrar que cada caso es un mundo: en el parto como en la vida real, no podemos generalizar ni hacer cacería de brujas.

Tras evaluar mi historia familia y personal, mis traumas y experiencias clínica, mi decisión fue muy clara, aun sabiendo que es una opción que solo se recomienda en circunstancias necesarias, decidí tener una cesárea programada.  Tener un parto vaginal me aterra por muchas razones que no enlistaré aquí y por mucho yoga o meditación que me haya propuesto hacer, es algo que no puedo cambiar: es un miedo que no controlo. Y no pienso, por ninguna razón arruinar el momento más importante de mi vida por un miedo infundado. He optado por una cesárea programada, con un protocolo respetado.  Y ansió el momento.

Viendo las reacciones negativas de muchas mujeres en foros y blogs, comentarios incluso agresivos contra las cesáreas, me dejé acobardar por el bullying y guardé mi decisión en secreto, como la peste.  Pedí a mi Wero que cuando nos preguntarán que tipo de parto queríamos simplemente nos limitáramos a contestar que no sabíamos aún. Me quería evitar  los sermones de los peligros y riesgos de una cesárea (que ya conozco) ni  quería tener que justificar mis razones o dar explicaciones de toda la bibliografía ya leída o los detalles de consultas y consejos hablados ya con mi médico. No quería cátedras ni regaños sobre mi pésima decisión de poca mujer al no querer parir como la naturaleza y Dios dictan. Y así me he pasado los meses de mi embarazo, en la sombras de mi cesárea programada por elección.

En los últimos meses he cambiado. La matrona de Llevadonas que nos dio el curso teórico ayudó mucho, en una de las charlas enfatizó una premisa muy lógica pero que a veces olvidamos: la forma de parir no nos hace ni más ni menos madres. La maternidad es un todo, es un camino, es un proceso. El parto es un acto de comunión con tu hijo, relevantísimo por supuesto, pero eso no dicta tu calidad ni como fémina, ni como madre. Me encantó una de sus frases: nadie da medalla de honor al sufrimiento. Si quieren epidural para amedrentar el dolo pídanla, si llevan horas de trabajo de parto y el niño no salé, acepten una cesárea. Al final de esa sesión, en un grupo de unas veinte mamás, todas (con excepción de dos) confesaron querer epidural para calmar el dolor y estar de acuerdo en cualquier consejo que el médico les diera para hacer ese momento lo más amable posible. Me di cuenta entonces, que las bullies de los foros que critican a aquellas que no osan opinar la supremacía del parto natural no clínico, no son mayoría.

Ahora ya no me da pena aceptar mi decisión de forma abierta. De hecho me parece poco empático el ver como algunas foreras se sienten con autoridad moral de tildar los miedos o decisiones de otras futuras madres, siendo que ellas mismas quieren evangelizar la idea del parto respetado.  Pues eso mujeres: un parto respetado debe basarse precisamente en el respeto, mi decisión como mujer, informada y asesorada por mi médico, de cómo quiero vivir mi momento. Exhorto a todas las futuras mamis a que lean, evalúen su historial médico y de familia, su embarazo, hablen con su médico, su comadrona, su pareja. Y planeen con gusto y sin temor esa llegada de la persona más esperada en el mundo: nuestros hijos.

El nacimiento de un hijo es un momento tan relevante e inigualable que debe ser así, un momento esperado, certero, sin miedos. Un momento único, excepcional, inolvidable.

Porque el parto es nuestro, pero no en plural sino en singular. Mi parto es mío.


domingo, 14 de diciembre de 2014

Ser o no ser Santa

En estos días decembrinos, apenas empieza a sentirse el frio y la cama calientita se vuelve el mejor plan de las mañanas de fin de semana, me entran unas ganas locas de escuchar villancicos. Durante la rutina de despertar, en el baño, en la cocina, preparándonos para salir o haciendo el desayuno, tengo una necesidad avasallante de escuchar a todo volumen el Borriquito Sabanero, Los peces en el río o Campana sobre campana. Mi Wero, que viene de la tierra de los susurros, donde la gente te mira asombrada en el transporte público cuando alzas la voz o los vecinos  se quejan por el sonido de tus tacones cuando sales por la mañana de casa a la oficina, pues no le sienta muy bien el tonito chillón de los niños cantores al ande, ande, andeeeee la mari morenaaaaa.  Tampoco entiende mucho mi manía de querer ir a buscar el árbol de navidad a un pueblo a una hora y media de Barcelona para conseguir un pino que llegue al techo ¡cómo debe ser! (No entiendo porque en esta ciudad solo venden arboles enanos). Y creo que nunca ha entendido muy bien porqué en mi familia es tradición comer chocolates hasta que duelan los dientes el 25 de diciembre.

A pesar de todo eso, los dos estamos completamente ilusionados por el hecho de que en breve, nos convertiremos en Santa (San Nicolás para él) y coincidimos en querer construir recuerdos mágicos en la memoria de nuestro hijo con estas fechas. Para él esperándolo con calendario de adviento de chocolate, para mí preparando todo un ritual de ruido y celebración que empieza en las posadas y termina el día de reyes. Los dos queremos que nuestro hijo crea.

Últimamente he leído muchos debates, sobre todo en blogs de crianza alternativa, donde se critica duramente el fomentar la mentira  de Santa y los reyes en nuestros niños. El argumento es bastante claro: nos esforzamos en inculcar a nuestros hijos la importancia de la honestidad y nosotros mismos les mentimos deliberadamente durante años y de forma recurrente: año con año la misma charada.  Justificándonos siempre bajo el, pues a mí me lo hicieron y salí bien.


Creo que una de las cosas que más deseamos los padres es que nuestros hijos sean personas felices y que con el tiempo sean capaces de proveerse ellos mismos esa felicidad. Por eso para mí, el “engañar” deliberadamente a mi hijo con Santa Claus, los reyes magos o el ratoncito de los dientes no es simplemente un ir con la corriente, o seguir la tendencia consumista, o un simple “a mí me lo hicieron y Salí bien”

Para mi darle a mi hijo la posibilidad de vivir esos momentos de felicidad total que mi mama, jugando su rol de santa me hizo vivir a mí, es un compromiso: una cadena irrompible. Esos minutos felices que mi mami y mi imaginación infantil me ayudaron a construir son trincheras de vida,  una guarida para resguardarse de las dificultades de la vida adulta. Esos momentos mágicos en la memoria son un escape, un refugio, un acceso sencillo a una sonrisa.
Todas la actividades alrededor de la llegada de Santa o lo reyes son recuerdos de felicidad absoluta, desde el momento de escribir la carta, mi mama planificando la salida para ir a cortar el árbol de navidad, ir juntas a comprar dulces para ir llenando el arcón navideños. La llegada de los primos, salir juntos a cantar La rama, pedir posada, quemar luces de bengala. Preámbulos que nos acercaban al momento cumbre. Las mariposas en el estómago la noche de la espera. La emoción a flor de piel al acercarse al árbol para ver si ya habían llegado los esperados visitantes. Los regalos en sí no son el recuerdo importante, es todo el rito alrededor todos los momentos felices previos a la llegada. Porque al final es eso, una práctica familiar que pasas de generación en generación y crea una tradición feliz. Un rito de pura felicidad.

Los mexicanos somos una cultura rica en folklore, tradiciones y creencias. Nuestra única e incomparable celebración de los muertos es uno de los ejemplos más claros. El día de muertos es una festividad que también me eriza la piel: el olor del incienso en el copal, el color del cempaxúchitl, los perfumes de los tamales, el pan de muerto, el anís, el chocolate. Dejar las velas encendidas sintiendo esa energía incierta en el aire, con la certeza de que es noche de apertura de portales, donde se respira la historia de nuestra herencia, de nuestros antepasados, de los seres queridos que no nos abandonan y a quienes nunca olvidamos.  Siendo racionales, podemos decir que vivimos pasando de generación en generación una sarta de mentiras y absurdos: ¿En qué fundamento racional basamos esa creencia de que el sabor de la comida del altar se va porque un familiar difunto ha venido a darse un festín durante la noche? Pues llámenme retrograda, pero me niego a ser racional y honesta  con mis hijos si eso implica negarles a vivir toda la magia que ha aderezado la vida de mi gente.

Ese amor a la vida, esa alegría, ese espíritu de fiesta nos hace tener una cultura más basta, más rica. Y eso es magia. Y la magia no es racional.

Yo deje de creer en Santa y en los reyes bastante crecidita, la fe es cosa que muchas veces ni uno mismo se explica. En la clase llegó el día en que de cincuenta niños, solo quedábamos tres creyentes. No me causaba grandes debates, era simple: si alguien no cree en algo no existe.  Por eso a todos esos compañeros míos que habían dejado de creer, los reyes y santa Claus les habían dejado de visitar.  Como yo sí creía, la magia seguía existiendo en mi casa.  Recuerdo conversaciones con esas dos niñas creyentes como yo, en la que nos argumentábamos nuestras razones para seguir creyendo, una de ellas juraba haber visto una huella de elefante en su jardín y de haberle escuchado con claridad. No sé qué habrían estado haciendo sus padres aquella noche para sonar como un elefante. Yo no creía que sus majestades recorrieran las calles de mi pueblo por la noche en animales de circo, ni me imaginaba a Santa aparcando a su tropa de renos en el techo de mi casa. Me imaginaba algo más fantástico, como los espíritus que nos visitan en todos los santos. Que se materializan por portales de energía paralelos, que viven bajo un espacio, tiempo diferente al nuestro. Cada quien tiene sus explicaciones propias.

La realidad es que los niños necesitan alimentar la imaginación, es incluso saludable. ¿Acaso al leer cuentos infantiles a los niños se convierte uno también en un burdo mentiroso? Porque está claro que el país de nunca jamás, el de las maravillas o donde viven los monstruos y los fantasmas de las navidades pasadas y futuras  no son reales.  ¿Debo entonces leerle a mi niño a Sartre, a Freud o en su defecto el periódico diario a la hora de dormir? ¿Acaso contándole cada noche las historias de guerra, crisis y violencia estará mejor preparado para la realidad adulta con la que tendrá que lidiar cada día en el futuro?

Reina Duarte profesora del máster de edición en la Universidad Pompeu Fabra, parte del órgano directivo del Consell Català del Llibre Infantil i Juvenil y de la Junta Directiva de la Asociación de Editores de Cataluña, defiende el papel de la magia en la infancia “Los cuentos les devuelven la infancia que se les está robando. Es increíble ver cómo recuperan la sonrisa y entran fácilmente en el mundo mágico, ya sea a través de la transmisión oral o leyendo”. Los niños necesitan magia, porque es un elemento que les ayuda a hacer frente a la vida diaria de una manera más sencilla. La imaginación en la infancia les despierta y les desarrolla la creatividad.

Quiero hacer de mi hijo una persona inteligente capaz de sacar sus propias conclusiones, pero también quiero que sea un ser humano feliz. Humano, empático, creativo. Y creo que todo eso es cosecha de sembrar experiencias felices. Yo fui una niña muy feliz y la mentira de Santa Claus y los reyes siempre fueron razón de felicidad.

Quien sabe, a lo mejor las acciones pensadas en crear dicha se trabajan en dos direcciones. Dejé de creer una noche en que accidentalmente escuché a mi mamá conversando sobre el sitio dónde había comprado los juguetes que aquella navidad Santa había traído a mi hermano, para entonces ya tenía mis dudas profundas sobre el tema, así que el descubrimiento no fue un shock si no una confirmación. Mi mama y yo siempre hemos tenido una comunicación completamente abierta y a pesar de descubrir ese “engaño” no me sentí traicionada ni remotamente. Es más, es hasta ahora que leo los blogs des estas madres inquietas en que etiqueto el ritual de santa como una mentira.

Lo curioso es que yo tampoco fui honesta y me guardé aquel descubrimiento para mí. No quería desilusionar a mi mami haciéndola saber que había descubierto el secreto. Porque al final, ese ritual mágico que ella construía con tanto  empeño y dedicación para mi hermano y para mí, eran momentos de dicha para ella también. Entré en ese mundo adulto y me sentí madura y preparada para guardar el secreto y contribuir a la tradición, desde el lado de los mayores, ayudando a mi hermanito a seguir creyendo.

Y tras años de navidades sin magia mentirosa (navidades de adulto, sin niños en casa) por fin Santa y los reyes están a punto de regresar a mi vida. Y les espero con la ilusión con que les esperaba de niña. Me tocará ahora intentar hacer las navidades de mi hijo tan mágicas como mi mami hizo las mías.

Les dejo con artículo no de una mamá común y corriente como yo, sino de una Doctora en psicopatología        sobre el tema.




Cada quien saca sus conclusiones y elige en qué o en qué no creer, yo creo.

domingo, 7 de diciembre de 2014

El amor de una madre leona

En los últimos meses mi cuerpo ha experimentado en tiempo record un sinfín de cambios y sensaciones que, antes de estar embarazada, habría creído imposible que sucedieran en un lapso tan corto como son siete meses. Con excepción por supuesto de los engordamientos extremos, que ya me había tocado experimentar en tiempo record durante el año que viví en USA y engordé 20 kilos o mi primer invierno en Francia donde subí 10 (maldita sean las panaderías Paul). Dejando de lado la gordura: es todo un pack-combo de experiencias. Como oferta de mercado, con la caja de cambios hormonales te regalan el kilo de alteraciones físicas: vómitos matutinos, incremento de mis alergias, congestión nasal 24/7, dificultad para respirar. Y eso que yo he corrido con suerte porque me he librado de las migrañas, los mareos, los calambres (incluidos en los genitales), los dolores de pecho, la pérdida de diente, las estrías (de momento), el sangrado, la acidez. Con la excepción maldita de la intolerancia al chocolate que me acecha (¡Dios, cómo ha dolido!) no me puedo quejar, mi embarazo va estupendamente.

He aprendido que el embarazo es mucho más que los cambios físicos, hay algo gutural que ya vivía en ti y aflora. Un instinto no aprendido, innato, que se despierta. Un reflejo animal, una palpitación que hemos cargado por generaciones, una flama que se encendió cuando supiste vida crecía dentro de ti y que se aviva  con cada movimiento, cada patadita de tu niño en las entrañas. Es un nudo en la garganta al pensar esa vida maravillosa que depende del todo de ti: creas, nutres, alimentas. Y empatizas, con todas las mujeres que como tú han pasado por esto. Empezando por tu madre y por tu clan.

Mi tía Cuquis –así la llamaremos por protección a la intimidad- es muy activa en FB, frecuentemente escribe mensajes emotivos para la familia, de temas diversos, con múltiples dedicatorias y matices, y sobre todo con mucho amor.  Hace unos días me dedicó unas emotivísimas palabras que plasmaban a la perfección la magnitud de la experiencia de convertirse en mamá. Entre muchas otras cosas mencionaba precisamente ese hecho de admirar  y comprender como nunca antes a tu madre.

Y mi tía hizo una analogía que aunque suene gastada, comprendí mejor que nunca: el amor de una madre leona. Así ha sido el amor de las mujeres en mi familia para sus hijos. Cada una de ellas podrá tener un carácter disímil,  opiniones encontradas, pero como madres han sido todas  admirables.En algunos casos –el mío, por ejemplo- supliendo incluso y con creces la falta de empatía paterna. Mi mamá siempre ha sido madre, padre, hermana, amiga, todos los roles que he necesitado, en el momento justo los ha asumido. Mi mamá y sus hermanas tomaron su rol de madre (y de abuelas) como prioridad de vida, como razón de ser. Tal vez por eso mis primos y yo tenemos recuerdos de una infancia tan feliz, porque todos nos sentimos amados por un clan de mujeres madre que nos hacían sentir extraordinariamente especiales. El lazo tan entrañable que tengo con mi familia materna es resultado de ese clan de felinas que nos mantuvieron – y siguen manteniendo- resguardados al calor de su protección en la manada.

Y lo de leonas, se les da bastante bien, porque la ternura y carisma emanado en sus “yo normales” muta en una pasión apremiante cuando se trata de defender a sus cachorros.

Recuerdo un día de kermés en que jugaba con mis amigos en la calle, como todos los niños mexicanos en días de kermés, a rompernos cascarones de huevo en la cabeza. A los extranjeros la idea de este juego debe sonar horrorosamente brutal, pero créanme, es una de las cosas más divertidas de la infancia: rellenar cascarones de huevo vacíos con confeti, decorarlos y celebrar las fiestas patrias rompiéndolos en las cabezas, hombros o espalda de tus amigos. Siempre hay algún ojete que deja el huevo tal cual y que le arruina a alguien el día. Porque honestamente es de no tener madre tenerse que ir a cambiar a casa por estar bañado en clara y yema de huevo en un día tan divertido. Y luego están los huevos más cotizados: los huevos rellenos de harina. Encontrarlos entre la variedad de cascarones es un arte verdadero, hay que saber agitar el cascaron cerca del oído para detectar si el relleno suena a harina o a confeti, ser capaces de calcular a mano el peso - si son de harina serán más pesados-, saber detectar un deje de polvo blanco en la base del cascarón y ¡bingo!. La multitud de atavíos diversos no ayuda en la tarea, es difícil decir si un huevo disfrazado de mariachi pesa por el gorrito de papel terciopelo o distinguir si el ruido que escuchamos es el relleno de harina o la peluca de Adelita del decorado del cascarón. Hasta los más expertos  pueden equivocarse y terminar pagando por un huevo relleno de confeti común.



Pero estaba yo allí con mis de amigos ya no tan niños sino más bien púberos, un buen 15 de septiembre en plena batalla campal con un arsenal invaluable de cascarones rellenos de harina. Y todo era perfecto, corre que te alcanzo, ahí te voy, ya te di, me las pagarás. Aprentosito de mano en el relajo, el niño que más te molesta es el que más te gusta y todo ese lenguaje incompresible de la adolescencia.  Vamos, un día de kermes normal. 

Hasta que de una casa salió la típica mujer metiche de pueblo, señora de familia con hijas crecidas fuera de casa, sin marido, que vive asomada a la ventana para ver donde puede meter sus narices y conseguirse una vida. Era la ocasión perfecta para salir de la rutina, con un tono de espanto-asombro-molestia nos gritó: - ¡Oigan muchachos ¿pero qué hacen? escuchen!-

Mis amigos, como cualquier persona normal, huyeron corriendo entre empujones, risas y más cascarones con harina. Yo, que en ese entonces era bastante ñoña, obediente y bien portada, creí una falta de respeto huir y dejar hablando sola aquella señora. Me quedé a escucharla y me comí entero el regaño que no merecíamos, pero que por tonta me ganaba a pulso.

Cuando mi mamá se enteró que su hija, la estudiante de trayectoria intachable, de promedio recurrente de 10, adorada por sus profesores, había sido regañada por una señora sin ton ni son: transmutó. Pasó de ser la amable madre de familia vendiendo sonriente con otras mamás antojitos en el puesto de que nuestra escuela montó en la Kermés a convertirse en una fiera furiosa de órbitas desencajadas y voz de trueno - ¡¿Pero quién se cree esta mujer para quererte educar: a TI?! - Y fue directo sin meditar ni chistar a espantar a aquella hiena de un rugido. En ese momento me pareció desmesurado,  pero honestamente no creo que a esa mujer le haya venido mal a un sustito para que se ocupara más de sus asuntos y menos de los del prójimo. Y ahí pude ver, que aparte del infinito amor, yo era capaz de provocar muchos otras arrebatadas pasiones en mi madre.

Sacar los rugidos estremecedores para incordiar a hienas chismosas es parte de la faena, pero ser mama leona va mucho más allá. Es ser, estar, respirar, mutar por una maternidad apabullante. Es amar, total, pura e incondicionalmente. Es sacar la fuerza, el valor, el coraje para proteger a los cachorros propios y a los de la manada. No me he tocado vivirlo, pero ahora, embarazada, empiezo a entenderlo. Y añoro con todas mis fuerzas aprender a ser una leona y seguir el ejemplo de las féminas de mi familia materna.



Y en homenaje a ellas,  a mi mami y sus dos hermanas, les dejo este video, en el minuto 1:20 pueden ver claramente en un gesto de segundos, todo lo que inútilmente he intentado transmitir antes con palabras. No se puede describir, pero se ve.

martes, 8 de julio de 2014

Buscando a la comadrona

El humor inglés es duro de comprender. En su forma más negra, me puede gustar bastante. También en el sarcasmo o en la crítica social, soy fan incondicional de Borat y Bruno.  Pero debo decir que en su forma más popular y simplona, estilo Mr Bean, me indigesta. Es que sencillamente me parece imposible encontrarse jamás con las situaciones tan extremadamente lerdas caricaturizadas por gente tan torpe, mal suertuda, o tan pero tan salada (como dirían en mi pueblo) que es humanamente imposible.

Eso creía.

No obstante mi primera visita a la Comadrona de la seguridad pública me hizo una beliver: sí existen personajes del estilo Mr. Bean en la vida real, que se mezclan e interactúan con el común de los humanos día a día.

Para muchas de mis paisanas, el tema de la comadrona debe ser poco común. En México, el ginecólogo es el director de orquesta, a quien confiamos de lleno nuestro embarazo, punto final. La idea de una comadrona – partera- a mí me sonaba como a cosa de antaño, mi abuela parió con una partera y todas sus hermanas y conocidas también. Pero a partir de la generación de mi mamá, mis tías, primas y demás mujeres madres en mi entorno habían parido con un ginecólogo, con el buen  y omnipotente Señor Doitor.

En España en cambio la partera tiene un rol equitativo al ginecólogo, las mujeres confían de lleno su embarazo en estas sabias mujeres que han dedicado su vida al maravilloso arte de ayudar a concebir, gestar, nacer. De las pocas mujeres españolas que conozco o mejor dicho, de sus maridos (trabajo rodeada de hombres, los consejos me vienes de los esposos de alguien)  todos alaban la labor de las comadronas con un cariño casi familiar. Del ginecólogo se habla muy poco.

Tengo asistencia privada, por lo que me trato en una importante clínica privada de la zona alta de la ciudad y honestamente con mi ginecólogo el Rock Star Paco me he sentido siempre en confianza y muy segura. Pero tan buenas referencias tenía de estas sabias mujeres que me acerqué a mi centro de salud para conocer a mi matrona asignada.

En España el rol de la matrona es una profesión que se respeta, se asocia con mujeres que no realizan simplemente una práctica profesional en medicina, si no que acompañan muy de cerca a la mujer embarazada a lo largo de todo el camino: consejeras, psicólogas, escuchas, amigas.  Mujeres que entienden a la mujer y humanizan el embarazo.

Así que saqué cita. En esa ocasión mi Wero estaba de viaje, y me alegro, porque su tolerancia germana no hubiera dado para tanto. Así que le tocó a mi mami acompañarme a conocer, por fin, a mi matrona. Tras una larga expectación en la sala de esperas, por fin una mujer bajita, mayor, rechonchita con lentes de pasta (¡sin clichés!) abrió la puerta y rebuscando entre un montón de tarjetas mal acomodadas que llevaba entre las manos, finalmente leyó un nombre en voz alta. En la sala solo estábamos dos personas y nadie respondió al nombre. Silencio.  - Ay, no, no estas no son- Cerró la puerta tras de ella, la volvió abrir con un paquete nuevo de tarjetas rebuscadas,  por fin dijo mi nombre.

Toda la consulta fue en la misma línea: despiste tras despiste.  La mujer era amable y simpática, pero se le veía perdida en todo momento. Tecleaba en la computadora a la misma velocidad con que mi mami lo hace: usando únicamente dos dedos. Llenar mi ficha de embarazada llevó mucho tiempo. Entre las muchas preguntas, salió mi nacionalidad

-          -¿Eres mexicana? ¿Son mexicanas? - Miró a mi madre
-          -Si -  mi mamá respondió con monosílabos, señal que la mujer le estaba ya haciendo perder la paciencia
-        -Es que no parecen, porque todos los mexicanos son muy morenos y bajitos –

Yo casi suelto la carcajada, he vivido en muchos países y no era la primera vez que alguien me cuestionaba por no encajar en la caricatura de los mexicanos.

     - Pues somos totalmente mexicanas y en México somos mestizos – el tono de mi mamá ya no sonaba al de una cordial y melodiosa latina
-       - Ah pero en las película no son así –

La mujer, con cero malicia y sin darse cuenta de la magnitud de sus afirmaciones, siguió indagando en clichés escabrosos: qué si éramos muy creyentes, porque claro, todos los mexicanos somos  extremadamente católicos, etc, etc, etc. 

Finalizó por supuesto con la cereza en el pastel: -Tu esposo es alemán ¡entonces tu hijo sí que será guapo!-  Hasta se lo tomé con cariño, no había caído en la cuenta: gracias a dios que los genes germanos salvarán a mi hijo de ser un chaparro prieto.

No se lo dije, pero mi hijo tiene grandes posibilidades de ser muy moreno, y eso lo hará ser guapísimo, tiene genética a tutipleni para ser hermos@: ¡mi cabezonit@ German@ mexican@!

La hora se fue entre despistes, papeles perdidos, folios caídos. Las situaciones más ridículamente imposibles de las comedias simplonas sí suceden.  ¿Recuerdan al Dr. Kosevich que interpretaba Robbin Williams en Nueve meses? Pues era el primo hermano de esta mujer. 


Finalmente terminamos mi ficha y la matrona empezó a imprimir un tocho de papeles y más papeles. Cuando por fin leyó la primera hoja satisfecha:

-          - Bueno Raquel, ya estamos, revisa tu dirección-
-          -¿Raquel? No soy Raquel-
-          -¡Madre mía, a quien le he completado la ficha!-


Sobra decir que salí convencida de que el señor Doitor es lo mío: me quedo con mi Paco el Rock Star y me dejo de experimentos. A ver si para el siguiente embarazo me toca experimentar por fin el acompañamiento de una señora comadrona.

martes, 24 de junio de 2014

De Ginecólogos RockStars a Steady Eddies

Mi ginecólogo da consulta en una clínica privada muy reconocida en la ciudad condal, en la parte alta de la ciudad. Hay que decirlo en alto: el hombre es un Rock-Star. Como el buen pro que es, su consultorio esta siempre lleno y para sacar cita con él hay que ser paciente y saber que no te la darán hasta pasadas varias semanas, pero lo repito, su consulta lo vale. Tras mi test de embarazo saqué cita con él, pero no podía esperar un mes para saber si las miles de imprudencias y burradas cometidas por el desconocimiento de mi embarazo no habían afectado a mi Narcitas. Para evitar cometer nuevos descuidos por mi calidad de novata, saqué la cita con el buenazo de mi gine al mes siguiente y pedí una consulta adicional con algún otro miembro de su equipo a la brevedad posible. Hombre, a fin de cuentas era la misma clínica con caché y seguramente el equipo debía ser tan excelente como mi buen doctor.

Gente, aprendan: eso de que el que anda con lobos aprende aullar parece no aplicar para los aspectos positivos. Me ha tocado cita con una ginecóloga que ciertamente no aprobó sus cursos de empatía con el paciente. Y vista la consulta, me atrevo a decir que profesionalmente también dejaba que desear.


Llegamos como dos buenos primerizos, con sonrisitas de tontos antes de solar nuestra razón de estar ahí: -me he hecho un test de embarazo y ha salido positivo-

Más seca que una pasa, la mujer responde: - ¿Y a que has venido?-

¡¿Perdón?! – Pausa para tratar de reinterpretar sus palabras , me pregunto si realmente me ha preguntado: "¿y a que has venido?"

Me muerdo la lengua para no ser grosera (todavía tengo mis formas latinas) y no le suelto lo que me viene a la cabeza. O sea: ¿uno hace pis en un palito, te sale que tienes un humanito en la panza y la reacción normal es que esperes nueve meses hasta que empieces a parir para ir al médico? ¿O cómo? Después de explicarle que lo más sensato, a mi parecer, visto el resultado del test era visitar al médico, con pocas ganas me preguntó sobre mi regla, resultó que tenía ya casi cuatro semanas de embarazo. Me invito a irme y a volver con mi ginecólogo de cabecera 

-Es demasiado pronto, no es seguro que legue a término. Vuelve después.

¡Por Dios! Como le dice eso a una primeriza. Ni análisis de sangre, ni recomendaciones, ni vitaminas, ni nada y además un igual y tu bebé no será “viable”.

A veces el tema de la empatía se malentiende por temas culturales, en España la gente habla más directo y con menos flores que los latinos y a muchos de nosotros eso a veces les puede parecer grosero. Las primeras veces que mi familia o amigos me visitaban, en los restaurantes era típico que la forma en que los meseros nos atendían no se parecía en nada a las atenciones con las que los meseros mexicanos atienden a sus clientes ¡Pero que groseros! ¿Nos tratan así por racistas? Ya tenía que explicarles yo que aquí no se da mucho esa servidumbre sumisa que heredamos de la conquista, que no debían esperar que el mesero viniera  a limpiar el cenicero con cada colillla, ni que respondiera con un “como usted mande” o “en que le puedo servir”. Pero con un poco de tiempo, al final del servicio se termina hasta en plan de echarse el chiste con algunos camareros españoles.


Aun mermando estas diferencias, lo de la ginecóloga traspasaba el tema cultural, era una grosera y punto. No pude distinguir si su acento era argentino o uruguayo, pero española no era. El colmo: era, como yo, latina.