domingo, 11 de enero de 2015

Canastilla Lets Family

Mi paso por Llevadonas, además de los muchos conocimientos adquiridos me dejó con regalitos muy bienvenidos y apreciados: 2 canastillas con muestras de productos de bebé.

Las dos canastillas eran de Lets Family, que es una comunidad  para embarazadas, padres y familias, que proporciona información y promociones, en todos los temas relacionados con el embarazo y la crianza.

Al inicio del curso nos regalaron la canastilla TU PEQUE, que contenía:

  • Información promocional, folletos de productos infantiles
  • Toallitas de bebé Dodot Sensitive, para pieles sensibles, sin perfume
  • Descuento en una exografía 4D Ecox 4D Prenatal, es una lástima que nosotros ya habíamos hecho la de Naricitas y no usaremos el bono descuento
  • Un chupón de 0-6 meses de Suavinex
  • Una pomada Mitosyl para las rosaduras del bebé
  • Una guía práctica para el cuidado del pañal, también de Mitosyl
  • Un vale para pedir un osito de peluche en el Club Nestlé Bebé
  • Una revista: Crecer Feliz, enfocada a consejos para padres
  • Una botella de agua de Font Vella, que me vino de maravilla al terminar el curso: moría de sed!



Al completar el curso nos dieron la canastilla TU BEBÉ, que contenía:
  • Información promocional, folletos de productos infantiles
  • Un kit completo de productos Mustela, tamaño muestra que me ha venido estupendamente para la maleta del hospital, me ocupa el espacio necesario y me cubren las necesidades de productos de tocador de bebé para los 4 días que estaremos en la clínica. ¡Un 10 para Mustela!
  • Una señalización de “Bebé a bordo” para el coche de Club Nestlé Bebé
  • Una revista: Ser Padres, con consejos para padres
  • Un biberón  de boca ancha con tetina anatómica de Suavinex
  • Una botella de agua de Font Vella, que de nuevo, vino como agua de mayo despues del curso


Con estas 2 canastillas me enteré que regalan una tercera, la  Canastilla JOVEN BEBÉ, que se pide directamente en la web de Lets Family. Ya la he pedido, se supone que debo recibirla entre 4 y 6 meses después del nacimiento de mi Naricitas.

La verdad es que todos estos productos, aunque solo sean muestras se agradecen, porque nos dan oportunidad a las primerizas de conocer nuevos productos y marcas de bebé: gratis.

Además de que siempre da gusto recibir regalitos, y más cuando se trata de tu nuevo bebé :-)




sábado, 10 de enero de 2015

Cursos Preparación al parto: Llevadonas

Mi mamá siempre cuenta su anécdota de cómo durante su embarazo asistió de forma regular al curso de parto psicoprofiláctico y de cómo yo nací imitando el control de las respiraciones que ella había aprendido (¡ah qué bebé tan linda!). Recomendaba la experiencia, aunque parece que a la hora de la hora, las benditas respiraciones se fueron al garete porque, contaba mi abuelita, mi mamá gritó como una “loca desesperada” a la hora de parirme.

Así que me dí a la tarea de investigar dónde tomaría mi curso de preparación. Descubría que aquí en España, los cursos van mucho más allá de los ejercicios físicos o el control de la respiración, es un acompañamiento casi moral. Leí opiniones muy positivas de muchas mujeres del curso en general y opciones de diversos centros y me pude hacer una idea bastante clara.

La seguridad social ofrece estos cursos de forma gratuita,  consulté con mi centro asignado y efectivamente, me dijeron que tomaban nota y me llamarían  en las semanas correspondientes. El curso lo daba precisamente la comadrona despistes de mi primera visita y dada mi experiencia previa con  esta amable señora, empecé a mirar en paralelo opciones de centros privados, aunque el precio me hacía dudarlo un poco.

Después de mucho mirar me decidí por Llevadonas, un centro privado especializado en formación sobre la maternidad que además entraba en mi cobertura de seguro privado. http://llevadonas.es/es/quienes-somos/

La pregunta del millón: ¿Asisten los padres? Mi mamá me dijo que en su época, en México, los padres no asistían, era una clase de y para mujeres. La versión europea era distinta, mi Wero preguntó a sus colegas alemanes y le dijeron que por ninguna razón se le ocurriera no asistir porque las mujeres que iban solas se sentían como las “preñadas y desechadas” (¿hombres, de verdad nos ven tan “dramas-queens”?). Pregunté en el centro y la posición era menos drástica: la presencia del padre era recomendable, más no obligatoria.

La realidad es que, parece ser que, los futuros papás de mi generación son mucho más involucrados que los de la generación de mi mamá. Cuando llegamos al curso no había una sola mujer no acompañada, era un curso para parejas: de padres. Me da alegría ver que ya no hablamos de una maternidad femenina, si no una paternidad compartida en donde hay dos partes, cómo en la concepción.

Desde que llegamos a Llevadonas me llevé una excelente impresión del centro, el lugar es acogedor y familiar, cada rincón está enfocado de lleno a la maternidad / paternidad, al bebé. El sitio me encantó, lo tienen muy bien montado y es realmente un espacio de acompañamiento completo a la pareja. Las sesiones de preparación al parto se dividen en dos partes: una teórica y una práctica.

La parte práctica nos permitió conocer ejercicios respiratorios, activadores de la circulación, reforzadores del periné, para soportar las contracciones y relajarse durante el trabajo de parto.

En la parte teórica se nos habló de temas como los cambios físicos, las dudas frecuentes del momento del parto: la epidural, la cesárea, la epistomia. Y temas postparto como la lactancia, el cuidado del bebé y el puerperio.

Debo decir que la parte teórica me gustó mucho más, y me 
hizo comprender finalmente el papel que puede jugar una comadrona profesional. La teoría la impartía una matrona experta, que además tenía una inteligencia emocional envidiable,  indispensable en una labor como la que realiza, una mujer realmente empática.  

La parte práctica fue buena, no puedo quejarme, pero me daba un poco de pena ver a los padres, dando obviamente el apoyo moral, pero en un rol en donde no podían hacer mucho, porque la realidad es así: quien va a parir es la mujer.

En cualquier caso terminé (¡terminamos!) el curso con un excelente sabor de boca y con mucha información útil, que nos ha servido y servirá desde ahora hasta el puerperio. Y nos abrió los ojos, literalmente, porque las presentaciones incluían fotos MUY gráficas de temas que no siempre vienen ilustrados en los libros:


  • Los bebés no nacen resplandecientes y hermosos como el bebé Gerber, prepárate: tu recién nacido al salir será un pequeño monstruito hinchado por el exceso de líquidos, con sarpullido o pelo en algunas partes de su cuerpecito y cubierto de una mezcla de sangre y una pasta blanquecina como semejante a la nata pasada llamada vérnix caseosa (por cierto, muy beneficiosa para su piel)
  • Si tu bebé nace con la cabeza larga como pepino o con algún chipote extraño, no te asustes, no fuiste fertilizada por un extraterrestre ni tu ginecólogo apachurró por mala praxis la cabeza de tu bebé. La cabeza de un recién nacido es blanda, precisamente para poder adaptarse al paso por el canal de parto e irá tomando forma normal con el tiempo. Tendrás un mini conehead solo temporalmente.
  • Las fontanelas, las partes blandas en la cabeza del bebe, no se cerrarán hasta los 12-18 meses. ¡Por favor mamás, no le llenen a los peques la cabeza de colonia de bebé, si no quieren peques alcoholizados por osmosis! (¡Ahora entiendo tantas cosas!)
  • Romper aguas no es como en las películas, el bebé no estará en tus brazos unos minutos después, pueden pasar muuuuuchas horas antes de que entres en verdadera labor de parto. Así que, que no cunda el pánico
  • La placenta es FEA, pero realmente, FEA FEA FEA 
  • Una vez que superas el parto, no cantes victoria que falta aún el bendito puerperio, con episodios tan sexies como coágulos de sangre de tamaño de hígados de pollo saliendo de “ya sabes donde” (¡creo que para los esposos esa fue la parte más fuerte del curso y no sé si llegarán a superar esa frase!)


Ya hablando en serio y sin bromas, uno de los mejores consejos que nos dio la comadrona fue el planear cada una su parto.  Cómo se quiere y en qué condiciones, importante compártirlo con tú pareja para que esté al tanto y hablarlo muy claramente con el ginecólogo / matrona para que sea respetado: el parto es uno de los momentos más importantes de tu vida y tú decides cómo quieres vivirlo.


En conclusión, Llevadonas se saca un sobresaliente y tras mi experiencia recomiendo a todas las futuras mamás que no dejen de asistir al curso de preparación al parto. Merece  mucho la pena.

lunes, 5 de enero de 2015

Manual de Instrucciones del Bebé


El libro es un manual ilustrado del primer año de un bebé, a modo de guía de instrucciones de un electrodoméstico, escrito por el  Dr. Louis Borgenicht, profesor licenciado por la Academia Americana de Pediatría.

Me ha parecido de lo más original y divertido, mi esposo, que saca su vena germana, se lo ha leído en nada. Creo que para los padres que estan tan acostumbrados a seguir instrucciones step-by-step, este libro debe facilitarles muchísimo el no ver al bebé como a un ente extraño indescifrable si no como un aparato con funciones  que deben ser reguladas. Tan sencillo como seguir correctamente las instrucciones de un aparato tecnológico. (Qué maquina más maravillosa o más compleja que un ser humano).


El libro guía en procesos tan comunes, pero tan indispensables en el cuidado del bebé como el cómo cargarlo,  alimentarlo, cambiarlo, cuidarlo en emergencias. Todo ilustrado como el manual de uso de una lavadora.

Creo que para los papás es una manera sencilla de recopilar información indispensable, mi marido lo leyó antes que yo y me empezó dar consejos sobre el termostato en la habitación del bebé o el paso a paso a la hora del baño. Quedé impresionada y él quedo todo un experto (en teoría al menos).

Además incluye algunas listas muy útiles que pueden servir a la hora de planificar las compras y detalles que muchas veces pasan desapercibidos pero que pueden ser muy necesarios.



No es una lectura científica profunda, pero se ve que el autor es un pediatra y sabe muy bien su materia, y la variedad de audiencia con la que se puede topar. Este libro le sirve a cualquier padre, sin importar qué tipo de lector sea.


Para mí, como mamá me ha parecido graciosísima y le me quedo el libro como una guía resumen, aunque personalmente necesito siempre un poco más de bagaje explicativo para sentirme tranquila, lo acepto, me encanta el rollo. Pero recomiendo ampliamente a todas las mamás que regalen este libro a sus parejas, porque seguro les será muy útil y apreciarán saber que un bebé puede ser menos complicado de lo que se piensan (¡Hope so!)

domingo, 4 de enero de 2015

Feliz Año 2015 y Hawaii vs Meconio


La imagen cliché de las vacaciones idílicas es bastante simple de describir: un resort cinco estrellas con acceso restringido al público (para poder tener playas privadas sin aglomeraciones) en una isla paradisiaca de paisajes exuberantes, margaritas y piñas coladas a voluntad, espectáculos y cenas de gala cada noche, brisa, sol, mar, arena. Días de snorkeling, surfing o scuba diving y noches de vestidos de fiesta. Vacaciones de película hollywoodense. Personalmente, prefiero las vacaciones más a la aventura: países desconocidos, lugares exóticos, rincones regionales y comidas desconocidas. Peeeeero, si las vacaciones cliché se me ofrecieran de forma gratuita, obviamente nunca jamás diría que no: aceptaría sin chistar.


En la empresa para la que trabajo, cada año se regala a un circulo selecto de “triunfadores” unas vacaciones de ensueño en una isla del pacifico. La experiencia se adereza con eventos de actuaciones o espectáculos de talla internacional y regalos de marcas de lujo cada noche para el agasajado y un acompañante. Me contaba un colega que en la  almohada de su esposa, en lugar del típico chocolatito se  encontraba cada noche con un regalito deluxe: un dije de Swarovski, un bolso de Burberry o un iPad. El viaje es un premio extraordinario para empleados con un performance extraordinario, idea simple. Desafortunadamente en los seis años que llevo dentro de la empresa, nunca he conseguido entrar en ese círculo selecto de campeones.

Creo que pocas mujeres estarán en desacuerdo conmigo si me atrevo a escribir que aún nos queda una brecha inmensa antes de poder decir que tenemos igualdad de condiciones a nivel laboral. Es verdad que las cosas evolucionan y que de más en más avanzamos peldaños, pero el camino por recorrer se ve todavía muy largo antes de poder asegurar que hombres y mujeres somos vistos de la misma manera en el trabajo.

Trabajo en un mundo de hombres en una multinacional de alto nivel, un universo muy competitivo, agresivo, demandante. Cuando ingresé a la empresa, en mi primer equipo no había mujeres, aunque la manager lo era. Al iniciar me dijo que apostaría conmigo, porque, honestamente, prefería trabajar con hombres. No era la única, los equipos alrededor del mío eran todos mayoritariamente de hombres.  No quiero generalizar, ya que muchas multinacionales como en la que yo trabajo a nivel “político” promueven, al menos en intención, el empleo de féminas en puestos relevante y  es claro que hay ciertas áreas en las empresas más populadas por mujeres (Recursos Humanos, Marketing) Mi primer equipo ya está muy atrás y con el tiempo he visto a muchas mujeres incorporarse. Cada año se nota más el cambio: Sí se está apostando por darle más relevancia a papel femenino. Mi actual equipo está igualmente populado por hombres  que por mujeres. Pero la realidad acechante es que si echo la mirada arriba, las cabezas más altas son  casi siempre de hombres.

De nuevo, no puedo generalizar, pero muchas de las mujeres que he visto hacer carrera tienen que hacer grandes sacrificios personales. Hace un año en París coincidí con una estadounidense, jefaza a nivel internacional: jefa del jefe, del jefe de mi entonces jefe. Tras una reunión de equipo (una docena de hombres y tres mujeres) que ella presidia, me tocó compartir taxi con ella para ir a cenar. (Por supuesto, si se quiere hacer carrera hay que ir a la cenas de negocio y hacer horas extras). El small-talk del taxi nos llevó al tema familia, ella en sus extremadamente bien conservados cincuenta y tantos, sobriamente vestida, con unos tacones de esos que solo un sueldo de ejecutiva nivel C puede comprar, me comentó que nunca había tenido hijos, no había sitio en su vida para ello, entre tanto viaje, reuniones, cócteles. Me preguntó si yo tenía, y al decirle que aún no, su respuesta salió sin pensar: mejor, así te dedicas más de lleno a tu carrera y nuestro proyecto.

Más de una de las mujeres mejor colocadas con las que trabajo tienen asumido que hacer carrera no compatibiliza con ser madres. Es una lástima que mujeres inteligentes, competitivas, capaces, féminas que podrían pasar una serie de experiencias enriquecedoras a una nueva generación simplemente no puedan asumir la maternidad porque hay que priorizar. Porque no se puede ser la mejor en todo o porque simplemente, compatibilizar carrera (a nivel ejecutivo) y maternidad responsable parece imposible en el mundo de trabajo actual.

Parece siempre que el destino quiere restregarnos en la cara los sufrimientos y sacrificios que tendremos legado de nuestra herencia de Eva. Nosotras elegimos morder la manzana y seguiremos sufriendo las consecuencias generación tras generación. Y el destino tiene que recordárnoslo de formas sarcásticas.

Precisamente apenas unos meses después de saber que mi naricitas estaba a bordo, recibí una llamada de un colega en San Francisco. Hago un paréntesis para decirles que la oficina de San Francisco de mi empresa me parecía un sitio de trabajo de ensueño, los días que pude pasar ahí me hicieron ver un ambiente cosmopolita, abierto, sin jerarquías. Me visualicé claramente en ese sitio y no lo guardé en secreto: si había alguna posibilidad yo quería moverme a San Francisco. De ahí la llamada de mi colega, sabiendo mi interés: un puesto se abría en San Francisco, mi perfil cuadraba. El trabajo iniciaba en Enero 2015. Un mes antes de mi fecha esperada de parto. Mi trabajo de ensueño no fue el único que tocó a mi puerta esos días, me cayó otro puesto más para empezar en Febrero 2015 que tuve que rechazar. Ironías del destino. Hubiera podido tomar el riesgo y aceptar, pero me parecía poco ético, sabiendo que a partir de Febrero me ausentaré. Llámenme torpe, pero prefiero jugar limpio. Rechacé de lleno ambas oportunidades porque tengo muy claro que mi mente, mi corazón y mi cabeza estarán de lleno en el proyecto más relevante de mi vida: Mi hijo.

Lo cómico de toda esta historia, es el timing, estas oportunidades llegan precisamente ahora. 

El cierre de año en nuestra empresa es el momento de mayor trabajo. Este año mi doctor me había ya dado la baja médica a causa de unas contracciones prematuras. Pero fui incapaz de desentenderme del trabajo, porque había precisamente un proyecto en el que había estado involucrada por más de un año y medio: me estresaba más ausentarme de ese trabajo de equipo que seguir participando hasta el final.  La historia es larga, así que resumiendo, después de muchos altibajos y trabajo de fines de semana, el 31 de diciembre por la tarde conseguimos nuestro objetivo.

Y ese éxito, que fue un excelente sabor de boca a nivel profesional, permitió al equipo darse una visibilidad y abrir puertas para el año que comienza. Y, el colmo de los colmos, el ganar este proyecto me colocaba, por primera vez en mi historia laboral, en la posición de entrar a ese círculo ganador: he ganado el viaje de ensueño.

El viaje se llevará a cabo dos semanas después de mi fecha probable de parto. Lo cómico de todo esto es que, irónicamente, puedo tomarlo con mucho humor. 

Quien lo iba a decir, que estoy más emocionada de limpiar caquitas de bebé que de participar en fiestas de small-talk y vestidos de cóctel en una isla paradisíaca de Hawaii

¡Bendito amor de madre!

lunes, 22 de diciembre de 2014

Un ratito para dar

Aunque ser ciudadanos involucrados y solidarios debería ser un ejercicio que lleváramos a cabo los doce meses del año, la realidad, en mi caso, es que el día a día me supera, pasó demasiado tiempo en el trabajo: oficina, viajes, eventos, etc. Y lo que queda es tiempo egoísta de poco reflexionar: tiempo para mí, para mi pareja, para mi casa, para mi familia. A veces voy recordando todas las cosas buenas por las que me debo sentir agradecida con el mundo y entonces me concentro en lanzar mucha buena vibra en algo o alguien. Pero objetivamente, soy consciente de que podría hacer mucho más, siempre se puede buscar tiempo y en nuestros días as redes sociales nos ponen la ayuda solidaria tan a la mano, que de verdad, no hay pretexto que valga para no ayudar. Y aun así, paso un año más sin que hiciera nada.

En 2014 he recibido tantas bendiciones que hacer una oración y dar las gracias no me parecía suficiente. Tampoco voy a decir que me siento la madre Teresa, pero al final ha resultado tan fácil poner un granito de arena y me he sentido tan, pero tan reconfortada que no podía dejar de recomendárselos en este post.

Me propuse como ejercicio, tener algún detalle solidario con cada vela de adviento. Y lo repito, las redes sociales nos facilitan tanto el poder aportar que no hay excusa para no hacerlo. Desde ayudas tan simples como abonar dinero en una cuenta, hasta acciones que permiten involucrarse más como difundir activamente mensajes de ayuda en asociaciones protectoras de animales o dar nuestra firma para apoyar peticiones solidarias. En las redes sociales se pueden encuentran opciones para dar tiempo (que es algo que me queda pendiente por hacer, una vez que mi Naricitas llegue al mundo) objetos o dinero.

Les enlisto las asociaciones que encontré yo, que permiten a la gente sentirse un poquito mejor consigo mismo por muy poco:

Hermanitas de los pobres: Asociación dedicada a la atención de personas mayores, ofreciendo espacios que promueven la actividad y participación. Se puede colaborar con tiempo, donaciones económicas o materiales. He aportado algunos alimentos que necesitaban para los centros: aceites, café, infusiones, leche.



Bona Voluntat en Acció: ONG de carácter social que trabaja para erradicar la pobreza, la marginación y la exclusión social en diferentes barrios basada en el voluntariado. Aquí también se puede colaborar con tiempo, donaciones económicas o materiales. Esta asociación me ha ayudado a cubrir mi propósito de dos velitas de adviento: he aportado ropa de invierno para niños de familias de la asociación y mi segunda aportación ha sido artículos de despensa para familias en necesidad.

Reyes Majos de Mi aportación: Miaportacion.org es una plataforma creada para comunicar y cubrir las pequeñas necesidades económicas, materiales y de voluntariado de personas en situación socio-económica desfavorable atendidas por entidades sociales, cada año organizan una campaña en donde buscan “Reyes Majos” que respondan a las cartas de personas adultas en situaciones desfavorables.


Esta última iniciativa me ha encantado, porque acerca a las personas y te hace conectar de alguna manera con la persona a la que darás un pequeño regalo. Al anotarte en la iniciativa, recibes una carta escrita por la persona que recibirá el regalo, pidiéndote su deseo, como una carta a los reyes magos. Me emocionó muchísimo recibir las cartas (mi Wero y mamá también se anotaron). Nos tocó un viejito que pedía una colonia fresca fresca, una viejita muy educada y emotiva que pidió una blusa y otra abuelita más que también quería una colonia. Hace mucha ilusión ir a comprar el regalo, envolverlo bonito y responder a la carta. Al final la experiencia es tan agradable que ni siquiera se siente como que hay una persona que aporta y otra que acoge: las dos partes reciben gratificación.

Me falta aún encontrar una acción más para la última velita ¡acepto propuestas!

En conclusión, si no se hace por altruismo, la solidaridad se puede practicar por el mero placer egoísta de que se está haciendo algo bien.


Sé que los propósitos de año nuevo son lo que menos se cumplen, pero quiero proponerme colaborar más en el 2015. A ver si escribiéndolo de manera pública me obliga al menos a no tirarlo en saco roto.

domingo, 14 de diciembre de 2014

Ser o no ser Santa

En estos días decembrinos, apenas empieza a sentirse el frio y la cama calientita se vuelve el mejor plan de las mañanas de fin de semana, me entran unas ganas locas de escuchar villancicos. Durante la rutina de despertar, en el baño, en la cocina, preparándonos para salir o haciendo el desayuno, tengo una necesidad avasallante de escuchar a todo volumen el Borriquito Sabanero, Los peces en el río o Campana sobre campana. Mi Wero, que viene de la tierra de los susurros, donde la gente te mira asombrada en el transporte público cuando alzas la voz o los vecinos  se quejan por el sonido de tus tacones cuando sales por la mañana de casa a la oficina, pues no le sienta muy bien el tonito chillón de los niños cantores al ande, ande, andeeeee la mari morenaaaaa.  Tampoco entiende mucho mi manía de querer ir a buscar el árbol de navidad a un pueblo a una hora y media de Barcelona para conseguir un pino que llegue al techo ¡cómo debe ser! (No entiendo porque en esta ciudad solo venden arboles enanos). Y creo que nunca ha entendido muy bien porqué en mi familia es tradición comer chocolates hasta que duelan los dientes el 25 de diciembre.

A pesar de todo eso, los dos estamos completamente ilusionados por el hecho de que en breve, nos convertiremos en Santa (San Nicolás para él) y coincidimos en querer construir recuerdos mágicos en la memoria de nuestro hijo con estas fechas. Para él esperándolo con calendario de adviento de chocolate, para mí preparando todo un ritual de ruido y celebración que empieza en las posadas y termina el día de reyes. Los dos queremos que nuestro hijo crea.

Últimamente he leído muchos debates, sobre todo en blogs de crianza alternativa, donde se critica duramente el fomentar la mentira  de Santa y los reyes en nuestros niños. El argumento es bastante claro: nos esforzamos en inculcar a nuestros hijos la importancia de la honestidad y nosotros mismos les mentimos deliberadamente durante años y de forma recurrente: año con año la misma charada.  Justificándonos siempre bajo el, pues a mí me lo hicieron y salí bien.


Creo que una de las cosas que más deseamos los padres es que nuestros hijos sean personas felices y que con el tiempo sean capaces de proveerse ellos mismos esa felicidad. Por eso para mí, el “engañar” deliberadamente a mi hijo con Santa Claus, los reyes magos o el ratoncito de los dientes no es simplemente un ir con la corriente, o seguir la tendencia consumista, o un simple “a mí me lo hicieron y Salí bien”. 

Para mi darle a mi hijo la posibilidad de vivir esos momentos de felicidad total que mi mama, jugando su rol de santa me hizo vivir a mí, es un compromiso: una cadena irrompible. Esos minutos felices que mi mami y mi imaginación infantil me ayudaron a construir son trincheras de vida,  una guarida para resguardarse de las dificultades de la vida adulta. Esos momentos mágicos en la memoria son un escape, un refugio, un acceso sencillo a una sonrisa.
Todas la actividades alrededor de la llegada de Santa o lo reyes son recuerdos de felicidad absoluta, desde el momento de escribir la carta, mi mama planificando la salida para ir a cortar el árbol de navidad, ir juntas a comprar dulces para ir llenando el arcón navideños. La llegada de los primos, salir juntos a cantar La rama, pedir posada, quemar luces de bengala. Preámbulos que nos acercaban al momento cumbre. Las mariposas en el estómago la noche de la espera. La emoción a flor de piel al acercarse al árbol para ver si ya habían llegado los esperados visitantes. Los regalos en sí no son el recuerdo importante, es todo el rito alrededor todos los momentos felices previos a la llegada. Porque al final es eso, una práctica familiar que pasas de generación en generación y crea una tradición feliz. Un rito de pura felicidad.

Los mexicanos somos una cultura rica en folklore, tradiciones y creencias. Nuestra única e incomparable celebración de los muertos es uno de los ejemplos más claros. El día de muertos es una festividad que también me eriza la piel: el olor del incienso en el copal, el color del cempaxúchitl, los perfumes de los tamales, el pan de muerto, el anís, el chocolate. Dejar las velas encendidas sintiendo esa energía incierta en el aire, con la certeza de que es noche de apertura de portales, donde se respira la historia de nuestra herencia, de nuestros antepasados, de los seres queridos que no nos abandonan y a quienes nunca olvidamos.  Siendo racionales, podemos decir que vivimos pasando de generación en generación una sarta de mentiras y absurdos: ¿En qué fundamento racional basamos esa creencia de que el sabor de la comida del altar se va porque un familiar difunto ha venido a darse un festín durante la noche? Pues llámenme retrograda, pero me niego a ser racional y honesta  con mis hijos si eso implica negarles a vivir toda la magia que ha aderezado la vida de mi gente.

Ese amor a la vida, esa alegría, ese espíritu de fiesta nos hace tener una cultura más basta, más rica. Y eso es magia. Y la magia no es racional.

Yo deje de creer en Santa y en los reyes bastante crecidita, la fe es cosa que muchas veces ni uno mismo se explica. En la clase llegó el día en que de cincuenta niños, solo quedábamos tres creyentes. No me causaba grandes debates, era simple: si alguien no cree en algo no existe.  Por eso a todos esos compañeros míos que habían dejado de creer, los reyes y santa Claus les habían dejado de visitar.  Como yo sí creía, la magia seguía existiendo en mi casa.  Recuerdo conversaciones con esas dos niñas creyentes como yo, en la que nos argumentábamos nuestras razones para seguir creyendo, una de ellas juraba haber visto una huella de elefante en su jardín y de haberle escuchado con claridad. No sé qué habrían estado haciendo sus padres aquella noche para sonar como un elefante. Yo no creía que sus majestades recorrieran las calles de mi pueblo por la noche en animales de circo, ni me imaginaba a Santa aparcando a su tropa de renos en el techo de mi casa. Me imaginaba algo más fantástico, como los espíritus que nos visitan en todos los santos. Que se materializan por portales de energía paralelos, que viven bajo un espacio, tiempo diferente al nuestro. Cada quien tiene sus explicaciones propias.

La realidad es que los niños necesitan alimentar la imaginación, es incluso saludable. ¿Acaso al leer cuentos infantiles a los niños se convierte uno también en un burdo mentiroso? Porque está claro que el país de nunca jamás, el de las maravillas o donde viven los monstruos y los fantasmas de las navidades pasadas y futuras  no son reales.  ¿Debo entonces leerle a mi niño a Sartre, a Freud o en su defecto el periódico diario a la hora de dormir? ¿Acaso contándole cada noche las historias de guerra, crisis y violencia estará mejor preparado para la realidad adulta con la que tendrá que lidiar cada día en el futuro?

Reina Duarte profesora del máster de edición en la Universidad Pompeu Fabra, parte del órgano directivo del Consell Català del Llibre Infantil i Juvenil y de la Junta Directiva de la Asociación de Editores de Cataluña, defiende el papel de la magia en la infancia “Los cuentos les devuelven la infancia que se les está robando. Es increíble ver cómo recuperan la sonrisa y entran fácilmente en el mundo mágico, ya sea a través de la transmisión oral o leyendo”. Los niños necesitan magia, porque es un elemento que les ayuda a hacer frente a la vida diaria de una manera más sencilla. La imaginación en la infancia les despierta y les desarrolla la creatividad.

Quiero hacer de mi hijo una persona inteligente capaz de sacar sus propias conclusiones, pero también quiero que sea un ser humano feliz. Humano, empático, creativo. Y creo que todo eso es cosecha de sembrar experiencias felices. Yo fui una niña muy feliz y la mentira de Santa Claus y los reyes siempre fueron razón de felicidad.

Quien sabe, a lo mejor las acciones pensadas en crear dicha se trabajan en dos direcciones. Dejé de creer una noche en que accidentalmente escuché a mi mamá conversando sobre el sitio dónde había comprado los juguetes que aquella navidad Santa había traído a mi hermano, para entonces ya tenía mis dudas profundas sobre el tema, así que el descubrimiento no fue un shock si no una confirmación. Mi mama y yo siempre hemos tenido una comunicación completamente abierta y a pesar de descubrir ese “engaño” no me sentí traicionada ni remotamente. Es más, es hasta ahora que leo los blogs des estas madres inquietas en que etiqueto el ritual de santa como una mentira.

Lo curioso es que yo tampoco fui honesta y me guardé aquel descubrimiento para mí. No quería desilusionar a mi mami haciéndola saber que había descubierto el secreto. Porque al final, ese ritual mágico que ella construía con tanto  empeño y dedicación para mi hermano y para mí, eran momentos de dicha para ella también. Entré en ese mundo adulto y me sentí madura y preparada para guardar el secreto y contribuir a la tradición, desde el lado de los mayores, ayudando a mi hermanito a seguir creyendo.

Y tras años de navidades sin magia mentirosa (navidades de adulto, sin niños en casa) por fin Santa y los reyes están a punto de regresar a mi vida. Y les espero con la ilusión con que les esperaba de niña. Me tocará ahora intentar hacer las navidades de mi hijo tan mágicas como mi mami hizo las mías.

Les dejo con artículo no de una mamá común y corriente como yo, sino de una Doctora en psicopatología        sobre el tema.




Cada quien saca sus conclusiones y elige en qué o en qué no creer, yo creo.

domingo, 7 de diciembre de 2014

El amor de una madre leona

En los últimos meses mi cuerpo ha experimentado en tiempo record un sinfín de cambios y sensaciones que, antes de estar embarazada, habría creído imposible que sucedieran en un lapso tan corto como son siete meses. Con excepción por supuesto de los engordamientos extremos, que ya me había tocado experimentar en tiempo record durante el año que viví en USA y engordé 20 kilos o mi primer invierno en Francia donde subí 10 (maldita sean las panaderías Paul). Dejando de lado la gordura: es todo un pack-combo de experiencias. Como oferta de mercado, con la caja de cambios hormonales te regalan el kilo de alteraciones físicas: vómitos matutinos, incremento de mis alergias, congestión nasal 24/7, dificultad para respirar. Y eso que yo he corrido con suerte porque me he librado de las migrañas, los mareos, los calambres (incluidos en los genitales), los dolores de pecho, la pérdida de diente, las estrías (de momento), el sangrado, la acidez. Con la excepción maldita de la intolerancia al chocolate que me acecha (¡Dios, cómo ha dolido!) no me puedo quejar, mi embarazo va estupendamente.

He aprendido que el embarazo es mucho más que los cambios físicos, hay algo gutural que ya vivía en ti y aflora. Un instinto no aprendido, innato, que se despierta. Un reflejo animal, una palpitación que hemos cargado por generaciones, una flama que se encendió cuando supiste vida crecía dentro de ti y que se aviva  con cada movimiento, cada patadita de tu niño en las entrañas. Es un nudo en la garganta al pensar esa vida maravillosa que depende del todo de ti: creas, nutres, alimentas. Y empatizas, con todas las mujeres que como tú han pasado por esto. Empezando por tu madre y por tu clan.

Mi tía Cuquis –así la llamaremos por protección a la intimidad- es muy activa en FB, frecuentemente escribe mensajes emotivos para la familia, de temas diversos, con múltiples dedicatorias y matices, y sobre todo con mucho amor.  Hace unos días me dedicó unas emotivísimas palabras que plasmaban a la perfección la magnitud de la experiencia de convertirse en mamá. Entre muchas otras cosas mencionaba precisamente ese hecho de admirar  y comprender como nunca antes a tu madre.

Y mi tía hizo una analogía que aunque suene gastada, comprendí mejor que nunca: el amor de una madre leona. Así ha sido el amor de las mujeres en mi familia para sus hijos. Cada una de ellas podrá tener un carácter disímil,  opiniones encontradas, pero como madres han sido todas  admirables.En algunos casos –el mío, por ejemplo- supliendo incluso y con creces la falta de empatía paterna. Mi mamá siempre ha sido madre, padre, hermana, amiga, todos los roles que he necesitado, en el momento justo los ha asumido. Mi mamá y sus hermanas tomaron su rol de madre (y de abuelas) como prioridad de vida, como razón de ser. Tal vez por eso mis primos y yo tenemos recuerdos de una infancia tan feliz, porque todos nos sentimos amados por un clan de mujeres madre que nos hacían sentir extraordinariamente especiales. El lazo tan entrañable que tengo con mi familia materna es resultado de ese clan de felinas que nos mantuvieron – y siguen manteniendo- resguardados al calor de su protección en la manada.

Y lo de leonas, se les da bastante bien, porque la ternura y carisma emanado en sus “yo normales” muta en una pasión apremiante cuando se trata de defender a sus cachorros.

Recuerdo un día de kermés en que jugaba con mis amigos en la calle, como todos los niños mexicanos en días de kermés, a rompernos cascarones de huevo en la cabeza. A los extranjeros la idea de este juego debe sonar horrorosamente brutal, pero créanme, es una de las cosas más divertidas de la infancia: rellenar cascarones de huevo vacíos con confeti, decorarlos y celebrar las fiestas patrias rompiéndolos en las cabezas, hombros o espalda de tus amigos. Siempre hay algún ojete que deja el huevo tal cual y que le arruina a alguien el día. Porque honestamente es de no tener madre tenerse que ir a cambiar a casa por estar bañado en clara y yema de huevo en un día tan divertido. Y luego están los huevos más cotizados: los huevos rellenos de harina. Encontrarlos entre la variedad de cascarones es un arte verdadero, hay que saber agitar el cascaron cerca del oído para detectar si el relleno suena a harina o a confeti, ser capaces de calcular a mano el peso - si son de harina serán más pesados-, saber detectar un deje de polvo blanco en la base del cascarón y ¡bingo!. La multitud de atavíos diversos no ayuda en la tarea, es difícil decir si un huevo disfrazado de mariachi pesa por el gorrito de papel terciopelo o distinguir si el ruido que escuchamos es el relleno de harina o la peluca de Adelita del decorado del cascarón. Hasta los más expertos  pueden equivocarse y terminar pagando por un huevo relleno de confeti común.



Pero estaba yo allí con mis de amigos ya no tan niños sino más bien púberos, un buen 15 de septiembre en plena batalla campal con un arsenal invaluable de cascarones rellenos de harina. Y todo era perfecto, corre que te alcanzo, ahí te voy, ya te di, me las pagarás. Aprentosito de mano en el relajo, el niño que más te molesta es el que más te gusta y todo ese lenguaje incompresible de la adolescencia.  Vamos, un día de kermes normal. 

Hasta que de una casa salió la típica mujer metiche de pueblo, señora de familia con hijas crecidas fuera de casa, sin marido, que vive asomada a la ventana para ver donde puede meter sus narices y conseguirse una vida. Era la ocasión perfecta para salir de la rutina, con un tono de espanto-asombro-molestia nos gritó: - ¡Oigan muchachos ¿pero qué hacen? escuchen!-

Mis amigos, como cualquier persona normal, huyeron corriendo entre empujones, risas y más cascarones con harina. Yo, que en ese entonces era bastante ñoña, obediente y bien portada, creí una falta de respeto huir y dejar hablando sola aquella señora. Me quedé a escucharla y me comí entero el regaño que no merecíamos, pero que por tonta me ganaba a pulso.

Cuando mi mamá se enteró que su hija, la estudiante de trayectoria intachable, de promedio recurrente de 10, adorada por sus profesores, había sido regañada por una señora sin ton ni son: transmutó. Pasó de ser la amable madre de familia vendiendo sonriente con otras mamás antojitos en el puesto de que nuestra escuela montó en la Kermés a convertirse en una fiera furiosa de órbitas desencajadas y voz de trueno - ¡¿Pero quién se cree esta mujer para quererte educar: a TI?! - Y fue directo sin meditar ni chistar a espantar a aquella hiena de un rugido. En ese momento me pareció desmesurado,  pero honestamente no creo que a esa mujer le haya venido mal a un sustito para que se ocupara más de sus asuntos y menos de los del prójimo. Y ahí pude ver, que aparte del infinito amor, yo era capaz de provocar muchos otras arrebatadas pasiones en mi madre.

Sacar los rugidos estremecedores para incordiar a hienas chismosas es parte de la faena, pero ser mama leona va mucho más allá. Es ser, estar, respirar, mutar por una maternidad apabullante. Es amar, total, pura e incondicionalmente. Es sacar la fuerza, el valor, el coraje para proteger a los cachorros propios y a los de la manada. No me he tocado vivirlo, pero ahora, embarazada, empiezo a entenderlo. Y añoro con todas mis fuerzas aprender a ser una leona y seguir el ejemplo de las féminas de mi familia materna.



Y en homenaje a ellas,  a mi mami y sus dos hermanas, les dejo este video, en el minuto 1:20 pueden ver claramente en un gesto de segundos, todo lo que inútilmente he intentado transmitir antes con palabras. No se puede describir, pero se ve.